Microrrelato sobre la culpa: «El rasca y gana de Marcela»

EL RASCA Y GANA DE MARCELA

Marcela no podía dejar de pensar en lo que había hecho mientras guardaba la compra en su despensa. ¿Qué demonios le pasaba? Es cierto que tenía prisa. Desde que Luis la abandonó, tenía que multiplicarse. Pascual y Alberto son un par de trastos que no ayudaban, la casa estaba hecha un asco —no es que a ella le importase demasiado, pero los niños debían tener un ambiente saludable— y tenía que cocinar para llevarse la comida al trabajo al día siguiente.

Pero, ¿era eso excusa para su comportamiento?

Salió de la cocina y observó a sus dos pequeños mirando los dibujos animados en la televisión. La verdad es que se portaban bastante bien, dadas las circunstancias. Ahí estaban, sin decir nada. Sabían que mamá tenía muchas cosas que hacer y no querían molestarla.

—Niños, tengo que ocuparme de una cosa. Voy a salir. Vuelvo enseguida. Vosotros quedaos ahí sin moveros, ¿entendido?

Ellos la miraron y asintieron. Marcela ni siquiera se dio cuenta de si le sonreían o no.

Salió de la casa y bajó las escaleras rápidamente. En apenas tres minutos estaba de nuevo en el supermercado, resoplando por el esfuerzo. El paquete de tabaco diario no ayudaba. Lo dejaría, ahora sí. Esta vez no iba a ser como las veces anteriores. Entró en el supermercado y se dirigió a la caja donde había pagado su compra. El chico que estaba cobrando en ella, puso cara de asustado al verla, y Marcela percibió cómo tocaba un botón compulsivamente. Antes de que le diese tiempo a llegar a la caja, el guardia de seguridad del supermercado se interpuso en su camino y le indicó amablemente que abandonase el lugar.

Pensó en protestar, pero quizás empeoraría las cosas. No era buena idea que viniese la policía.

—¡Lo siento, de verdad! —dijo entre la multitud mientras salía escoltada, aunque no sabía a ciencia cierta si el chico de la caja la había oído.

No podía hacer nada más, así que emprendió su camino de regreso a casa. Se consideraba buena persona, pero estaba en una mala situación, y la había tomado con quien menos lo merecía. El pobre chico solamente hacía su trabajo, simplemente le había preguntado si quería un rasca y gana. Seguramente tenía instrucciones de su encargado de hacerlo con todos los clientes. No era justo que Marcela le gritase en medio del supermercado que la dejase en paz, que no podía entretenerse y que como volviese a intentar venderle algo, le partiría la cara.

Ahora se sentía fatal. Mientras cruzaba la calle por el paso de cebra que daba justo a su portal, se preguntaba cómo podría pedirle perdón al chico. Tuvo el tiempo justo de ver que el semáforo de los peatones estaba ya en rojo, antes de escuchar un fuerte pitido y de que sus preocupaciones se esfumasen.

Ilustración para microrrelato sobre la culpa – El rasca y gana de Marcela – Reflexiones de tinta, Daniel Borrachero
«…antes de escuchar un fuerte pitido y de que sus preocupaciones se esfumasen»

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