MEJOR QUE EL CÓLERA

03.00 a.m.

Puerto de Derry, muelle 22.

Ven solo

Peter leyó para sí mismo la nota que había encontrado en su habitación, que le habían metido por debajo de la puerta mientras había estado fuera todo el día trabajando en la obra. ¿Sería algún tipo de broma? No conocía a nadie en la ciudad. Diablos, si era la primera vez que estaba allí. Solo conocía a sus compañeros de trabajo, que habían llegado con él. Sí, eso tenía que ser, alguna broma de alguno de ellos. Pero, ¿para qué? Si apenas se conocían y además tampoco parecían demasiado amigables.

Estrujó la nota y la tiró al suelo de su habitación. Se acostaría un rato y si se acordaba, le preguntaría al posadero al bajar si había visto a alguien subir a su piso, por si acaso hubiera podido ser otra persona la de la nota. Y si no se acordaba, no pasaba nada. En una semana estaría de vuelta en casa, si es que lo que tenía esperándole en Londres podía llamarse casa u hogar. En realidad, nadie le echaría de menos si no volviese.

Mientras estaba tumbado en su catre mirando al techo de la sucia posada donde estaba hospedado, pensó que si sería tan raro que hiciese caso de la nota. Total, la epidemia de cólera seguro que acababa alcanzándole, o moriría cayendo de alguna obra un día o cualquiera de esas cosas posibles en esa Inglaterra de 1900 dónde le había tocado vivir. Probablemente, no era peor lo que sea que fuese que le esperaba en el muelle.

Bajó a cenar a la taberna de la planta de debajo de la posada. Había decidido no preguntar ni contarle a nadie lo de la nota, a ver si averiguaba algo leyendo los rostros de los compañeros o del posadero, pero o eran muy buenos actores o nadie sabía nada. O por lo menos eso le pareció a Peter. Se acabó su empanada de anguila y decidió irse a hacer tiempo al pub que había visto al llegar, al final de la calle. Tras un par de pintas, emprendió el largo camino al puerto.

Conforme se iba acercando al final de su trayecto, le iba aumentando la curiosidad. Era lo más emocionante que le había pasado en su vida. ¿Sería algún asesino que querría matarle para robarle sus órganos y venderlos a alguna facultad de medicina? ¿O quizás alguna señorita en apuros que le iba a pedir que se enfrentase al hombre que la maltrataba? Sea lo que fuese, pronto lo averiguaría.

Ya eran las 3 justamente cuando llegó a su destino. Había bastante niebla y había comenzado una lluvia débil. En el muelle 22 había un carguero atracado, pero no había señales de movimiento alguno dentro de él. Solamente la oscuridad y el silencio más absoluto. Peter tenía frío. Mientras venía caminando no lo notaba, pero ahora que estaba parado, había comenzado a tiritar. Allí no aparecía nadie y Peter empezó a enfadarse. Cada vez tenía más claro que habría sido alguna broma de algún compañero, y que ahí no iba a ir nadie.

Pasaron un par de minutos más y Peter cada vez tenía más frío. Le pareció un frío “raro”, por alguna razón. Era como si el frío le estuviera abrazando y apretando cada vez más. Decidió que ya estaba bien y comenzó a andar para marcharse de allí. O por lo menos eso intentó. Era como si sus piernas no respondieran a la orden de su cerebro de moverse.

—Pero, ¿qué cojones? ­—maldecía mientras se cogía el muslo derecho que ya tenía paralizado, con las manos. Pero al instante, sus brazos también dejaron de responderle. Súbitamente, una especie de luminosidad envolvente desconocida apareció sobre él desde el cielo y Peter desapareció, antes siquiera de poder gritar pidiendo ayuda en la soledad nocturna del puerto.

A la mañana siguiente, Peter no apareció por la obra. Sus compañeros se extrañaron, ya que lo habían visto la noche anterior tan normal en la cena. Pero a todos les resultó raro que se fuese solo al pub en vez de subir a descansar para trabajar al día siguiente, aunque no le dieron importancia. Al regresar no pudieron encontrarle y sus pertenencias seguían en su habitación. Cuando la semana acabó y se volvieron a Londres, allí las dejaron. El posadero se las quedó por si regresaba alguna vez. Nunca lo hizo.

Imagen del microrrelato de misterio mejor que el cólera. En un puerto, hombre aterrorizado bajo la lluvia
«En realidad, nadie le echaría de menos si no volviese»

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