Maldito catarro


Ruth sonreía forzosamente mientras seguía saludando a la gente que se despedía de ella con frases que, si bien eran bienintencionadas, carecían de profundidad real en la mayoría de los casos.
—Lo siento mucho, de verdad.
—Si necesitas cualquier cosa, llámame.
Mientras miraba el reloj del móvil y veía cómo avanzaba demasiado lento para ella, pensaba en cómo a muchos de los asistentes no los había visto ni había hablado con ellos en años, con lo que sabían perfectamente que no los iba a llamar si necesitaba algo. “Paciencia Ruth”. Enseguida acabaría todo. Papá reposaría junto a mamá, todo el mundo se iría a su casa y ella podría descansar también.


La ceremonia finalizó en el tanatorio y ya solamente fueron unos pocos al cementerio, para su alivio. En pocos minutos, todo acabó.
—Ruth, ¿quieres venir con nosotros? Vamos a comer algo.
—No, Fidel, gracias, me voy a casa.
—¿Estás segura?
“No me voy con la arpía de tu mujer ni con los pesados de tus hijos ahora ni loca”, pensó.
—Sí, sólo quiero descansar. Gracias, hermano, hablamos luego.


Le dio un cariñoso abrazo y un beso y se fue a su casa. Mientras conducía, pidió una pizza para que se la llevasen a domicilio, calculando el tiempo para estar en casa cuando llegase el repartidor. Tenía hambre. Era lógico, después de casi un día sin comer casi nada. Su padre acababa de ser enterrado pero la vida seguía, el hambre no se detenía. No tenía que sentirse mal por ello.


Coincidió con el repartidor en el portal, con lo que cogió la pizza sin tener que esperar. Subió a casa, se quitó los tacones y se quedó medio desnuda en el sofá. Encendió la tele y justamente al ir a darle el primer bocado a la pizza, su teléfono comenzó a sonar. Era Óscar, el tío con el que se había acostado tres veces en el último mes. Rechazó la llamada y le puso un escueto mensaje “Luego te llamo”. No era ahora mismo el momento. Empezó a hablar en voz alta mientras le bajaba el volumen a la tele.


—Bueno, papá, por fin solos. Espero que estés bien allí donde estés. Ya sabes que no creo en muchas cosas divinas, pero si existe un cielo, seguro que estás en él. Sé que me querías mucho, yo también a ti. Seguro que volvemos a vernos.
Rompió a llorar ella sola y así estuvo durante unos minutos, pasados los cuales, se sintió mucho mejor. Llevaba queriendo hacer eso desde que murió, pero con tanta gente, no había podido. Ahora por fin se sentía en paz. Acabó de comer y se tumbó en el sofá cerrando los ojos. Se quedó durmiendo en pocos minutos, estaba agotada.


Se despertó un par de horas después y mientras buscaba un cigarrillo en su bolso, estornudó varias veces seguidas. Tenía un buen catarro, la nariz no podía tener más mocos por centímetro cuadrado. Ni siquiera había podido oler ni saborear bien su pizza. “Bueno, de un catarro no me voy a morir”, pensó mientras se sonaba fuertemente. Por fin encontró su paquete de tabaco en el bolso, se puso un cigarrillo en la boca.


Sin darse cuenta del escape de gas que tenía en su casa, encendió su mechero y todo estalló por los aires. Cuando apagaron el fuego, los bomberos la encontraron carbonizada, pero esa ya no era Ruth. Eran solamente los restos de su cuerpo, ella ya estaba en otro lugar, quién sabe si mejor o peor, quién sabe si con su padre.

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