EL FACTOR SORPRESA
—Así lo haremos majestad. Sin embargo…
—¿Cómo que sin embargo?
Randa tragó saliva. Aunque ya hacía muchos años que era el asistente y consejero principal del rey y sabía como manejarlo, era consciente de que no podía bajar la guardia ni un segundo, o acabaría siendo pasto de los cocodrilos del foso que rodeaba el castillo que hacía las veces de residencia real.
—Majestad, ya sabe vos que mi labor como consejero es aconsejar y eso es lo que hago. Entiendo que no necesita a nadie que le dé la razón sin más.
El rey miró a su fiel consejero y puso una expresión de aprobación en su cara. Le dio un trago a su copa de vino y a continuación le indicó a Randa que le escuchaba.
—Estás en lo cierto, Randa. ¿Qué tienes que sugerir?
Randa le expuso su preocupación acerca del plan de ataque que habían diseñado y sus sugerencias de mejora. Era una batalla crucial y no podían permitirse ningún fallo. El rey acabó satisfecho con los consejos recibidos y cambió un par de cosas del plan. No fueron todos los cambios que Randa sugería, pero serían suficientes para ganar y, por tanto, se conformaba.
Esa noche, mientras descansaba en sus aposentos tras haberse divertido con sus dos concubinas favoritas, que dormían plácidamente a su lado, Randa pensaba en lo decisivo de la batalla del día siguiente. Tenían la oportunidad de acabar con la amenaza de los centauros de una vez por todas. Eran muy poderosos, mucho más fuertes que los humanos. Pero si les atacaban de improviso, con el factor sorpresa tendrían una oportunidad. Mientras miraba a la luna que se veía por su ventanal, sonreía confiado.
De repente, una gran roca atravesó la ventana de los aposentos, rompiéndola en mil pedazos. Las concubinas se despertaron sobresaltadas y comenzaron a gritar. Randa por su parte, cogió la espada que colgaba de una de las patas de la cama.
—Salid de aquí, id al sótano, ¡Vamos! —les gritó a sus compañeras de cama, quienes obedecieron rápidamente. Randa por su parte, se fue corriendo en dirección a los aposentos del rey. Por el camino, unos soldados le dijeron que estaban siendo atacados por los centauros.
“Estos cabrones, atacándonos en plena noche, hijos de puta”, iba pensando mientras aceleraba el paso. Los aposentos del rey estaban bastante lejos de los suyos. Por sorpresa, una pared se derrumbó delante de él, por el impacto de una roca bastante más grande de la que había roto su ventana. Aquello le cortaba el paso, ya era imposible seguir hacia el destino que quería. El agujero de la pared derrumbada le dejó a la vista un paisaje desolador.
A lo lejos se veían bastantes catapultas iluminadas por la luna llena, que seguían arrojando rocas hacia un castillo, ya medio en ruinas. También empezó a distinguir a los primeros centauros que entraban al completo amurallado del castillo. No hacía falta ser un genio para saber que todo estaba perdido. El factor sorpresa, clave en toda su estrategia, se lo habían aplicado a ellos, ironías del destino. Todos esos años de experiencia y no había caído en que esa noche había luna llena, una fuente de iluminación perfecta para un ataque fulminante.
Todo eso ya no importaba. Todo eso ya no servía para nada. Su experiencia, su sabiduría, su posición de poder… Lo único que podía hacer con todo eso era contar historias y batallitas a sus compañeros esclavos, mientras se comían el mendrugo de pan duro que le daban los centauros por las noches después de trabajar todo el día en sus minas. Y eso es lo que hacía, esperando que algún día alguien se cansara de escucharle y acabase con su miserable existencia.

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