SALVADOS POR ELLA
Andrés abrió su coche con la llave de forma manual. Se le había estropeado la apertura a distancia y no había ido a que se lo arreglaran o a que le dieran uno nuevo. Mientras pudiera abrir el coche, no le preocupaba. Eso que se ahorraba.
Encendió el contacto de su viejo Ford Escort y salió del descampado dónde había aparcado por la mañana temprano, como todos los días de la semana. Miró el reloj del coche y vio que eran ya las siete y cuarto de la tarde. Otra vez se le había hecho más tarde en el trabajo. Pero, ¿qué podía hacer él? No podía irse si quedaban pedidos por preparar. Lucía tendría que entenderlo, no podía permitirse perder ese trabajo ahora mismo, sobre todo con la subida del alquiler del diminuto piso que tenían. Y si eso significaba que su hija Malena tenía que pasar un rato más con la bruja de su suegra al salir del colegio, pues es lo que había.
Mientras salía a la autovía, su teléfono sonó. Lo cogió y activó el altavoz:
—Lucía, voy de camino ya.
—Otra vez saliendo fuera de hora del trabajo, ¿verdad?
—Lo dices como si fuese culpa mía.
—Andrés, no voy a discutir ahora. Mi madre me ha llamado, ¿cuándo recoges a Malena?
—Dile que estoy ya de camino, dame veinte minutos.
—Vale.
Lucía colgó el teléfono abruptamente, cosa que, a estas alturas, no sorprendió a su marido lo más mínimo. No podía culparla, el estrés de la situación también lo vivía ella, recién despedida de la empresa de limpieza para la que trabajaba. Andrés llegó a casa de su suegra y llamó al timbre, con la intención de pasar el menor tiempo posible en casa de esa mujer que, desde que se quedó viuda, había destapado abiertamente su animadversión contra él. Como nadie abría, comenzó a aporrear la puerta más fuerte, también sin éxito. La situación exigía medidas desesperadas, así que buscó en la agenda de contactos de su teléfono, “bruja” y marcó. Alguien descolgó el teléfono.
—Manuela, ¿por qué no me abres? Estoy en la puerta —dijo al oír como descolgaban al otro lado.
Al otro lado de la línea nadie respondió, pero Andrés notó como si alguien estuviera intentándolo y no pudiera. Algo pasaba.
—¡MALENA! —comenzó a gritar mientras trataba sin éxito de abrir la puerta. Así estuvo dos minutos, hasta que su hija pequeña abrió la puerta con lágrimas en los ojos.
—¡Papá! La abuela…
En ese momento, una ambulancia con las sirenas a todo volumen, llegaron a la vivienda. Rápidamente, se bajaron dos personas con la camilla y se dirigieron hacia ellos.
—¿Es aquí la ambulancia que habían pedido?
Malena dijo que sí, entre sollozos, y los sanitarios entraron a la casa. Mientras Andrés consolaba a su hija y trataba de hacerse una idea de lo que había ocurrido, los sanitarios salieron de la casa con la abuela de Malena en ella, la introdujeron en la ambulancia y se fueron a toda prisa.
Cuando Malena se tranquilizó un poco, le contó a su padre como un cuarto de hora antes, a su abuela le dio lo que a Andrés le pareció un infarto por la descripción que la niña de diez años le contó. Y ella llamó a la ambulancia rápidamente, como le habían dicho sus padres muchas veces que tenía que hacer si alguna vez se veía en problemas de ese tipo.
Posiblemente, eso le había salvado la vida. Mientras volvían a casa en el coche a contarle a Lucía lo que había pasado, Andrés cayó en la cuenta de que la abuela de Malena vivía sola. Si él no se hubiera retrasado ese día a la hora de recogerla, hubiera estado sola en el momento del infarto y probablemente no habría podido pedir ayuda. La bruja estaba viva gracias a él. Sonrió levemente. Luego miró a su hija y sonrió más ampliamente. Sin duda estaban haciendo un buen trabajo con ella, a pesar de todo. Y por eso, absolutamente todo merecía la pena.

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