Microrrelato policiaco de asesino en serie: «Treinta segundos»

TREINTA SEGUNDOS

Uno nunca se acostumbraba a esto. No ya tanto al olor a putrefacción, a cadáver en descomposición. Lo más duro era pensar que una vida había dejado de existir porque a alguien así se le había antojado y que no había podido hacer nada para evitarlo. En este caso, además había que añadir que, por desgracia, posiblemente nadie echaría de menos a la víctima.

El inspector Ramírez se agachó para observar más detenidamente el cuerpo de la pobre chica. A pesar de que llevaba una mascarilla puesta, el fuerte olor le provocaba náuseas, aunque nada insoportable. Era la tercera prostituta que aparecía muerta en el Bronx en el último mes, la tercera con cortes en los pechos y en el estómago, además del cuello rebañado. Estaban ante un asesino en serie.

—Ya van tres, James. Hijo de puta malnacido.

Su compañera Molly le ofreció un vaso grande de café, que el inspector Ramírez no rechazó. Tras un rato examinando el cadáver, dejaron a sus compañeros de criminalística con él y volvieron a comisaría, cargados de desasosiego. No tenían ninguna pista, más allá de que los cortes parecían hechos con la misma herramienta siempre, algo tipo cúter, de cuchilla fina. No había huellas, ni imágenes ni testigos, nada. Callejones oscuros, de madrugada, el patrón era siempre el mismo. Ramírez golpeó el volante con frustración antes de bajarse del coche, mientras Molly miraba al infinito.

No les quedaba otra que seguir investigando y que las patrullas volviesen a hacer otra ronda para preguntar a las prostitutas de la zona y advertirles que llevasen cuidado. Aunque quizás hubiera otra opción.

—Quiero hacerlo.

—Ni hablar, Molly.

 —Con todos mis respetos, no te estoy pidiendo permiso. Y sabes que es nuestra mejor opción.

James Ramírez tuvo que aceptar a regañadientes como su compañera se ofrecía para hacerse pasar por prostituta. En el fondo sabía que era una posibilidad que podía funcionar, pero no quería ponerla en peligro. Llevaban juntos cinco años y le había cogido cariño. Pero era una adulta y podía tomar sus decisiones, como era lógico. Su capitán aceptó el ofrecimiento y ahí estaban a la noche siguiente. Molly llevaba una cámara con micrófono y altavoces instalada en uno de sus pendientes y Ramírez y tres agentes más, seguían sus movimientos de cerca en una furgoneta aparcada. Si ella se movía, la furgoneta se movería. A la mínima señal de peligro, apenas tardarían treinta segundos en llegar a su posición.

Lo malo fue que, a los veinte, ya estaba muerta.

Ilustración de “Treinta segundos”, un microrrelato policiaco de asesino en serie.
«No te estoy pidiendo permiso. Y sabes que es nuestra mejor opción»

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