NO HAY FILETES
Peter bostezaba mientras se levantaba de su escritorio tras una dura jornada, dispuesto a marcharse a casa. Saludó al personal que se fue encontrando por el pasillo y se despidió de Rony, el guardia de seguridad de ese día, con una palmada en su hombro a la que este respondió con una sonrisa y un afectuoso, buenas noches, doctor Rivers.
Peter Rivers se sentó en su coche y arrancó. Mientras se alejaba del hospital donde trabajaba, pensaba en que cuando volviera a trabajar dentro de dos días, quizás Lisa o Mario ya no estarían allí. Con esos pobres niños ya no había nada que hacer, la quimioterapia no había funcionado y era ya solo cuestión de pocos días que se produjese el inevitable y fatal desenlace. Se había despedido de ellos como cualquier día, pero sabía que quizás no había sido como cualquier día.
Mientras se limpiaba las lágrimas que le brotaban de sus ojos, pensando en lo injusta que era la vida, se cambió de carril y decidió que pasaría por el Pints a tomar algo antes de ir a casa. Tuvo suerte y aparcó en la misma puerta. Entró y se encontró el local no muy lleno, lo cual le gustó. No tenía ganas de que el bar estuviese abarrotado, quería cierta tranquilidad. Se sentó en la barra y saludó a Mark, el camarero.
—Buenas noches, doctor, ¿qué va a ser?
—Ponme una pinta y unos cacahuetes Mark, por favor.
—¿Día duro?
—¿Y cuándo no?
En la televisión había puesto un partido de la NBA y Peter se dio cuenta de que estaban jugando sus Celtics contra los Raptors. Decidió acomodarse en su silla para ver el partido. Estuvo comentándolo amigablemente con un par de parroquianos del bar, de los que no sabía su nombre, pero ya había coincidido con ellos en más ocasiones y como le caían bien, decidió invitarlos a otra ronda de cervezas. Los Celtics perdieron en el último segundo 103 a 102 y Peter pagó la cuenta y se fue. En la puerta, le dio a un mendigo un billete de 5 y volvió a su coche para dirigirse por fin a casa.
A los diez minutos llegó a su bonito adosado de las afueras y abrió la puerta, bastante cansado.
—Rosa, ya estoy en casa.
Su esposa Rosa apareció por el zaguán con sus zapatillas en la mano. Las puso en el suelo y Peter cambió sus zapatos por ella.
—¿Qué tal el día, cariño?
—Una mierda. Tengo hambre, hazme un filete con patatas mientras me cambio.
—¿Un filete? No hay filetes, cariño. ¿No te apetece …?
—¿Cómo que no hay filetes?
La mirada de Peter se transformó de cansada a furiosa. Lo único que quería, después de estar un día trabajando como médico oncólogo infantil viendo a niños moribundos, era un puto filete. ¿Era pedir demasiado? Cogió a su mujer por el cuello con una mano y comenzó a apretar.
—Sabes que me gustan los filetes. Estás aquí todo el puto día sin hacer nada y resulta que no hay filetes.
Era mucho más fuerte que ella y comenzó a levantarla del suelo mientras ella trataba de liberarse sin éxito. Rosa quería decir algo, pero la presión en el cuello no la dejaba hablar. Cuando comenzó a ponerse azul, Peter la soltó y a ella le flaquearon las piernas, cayendo al suelo.
—No sirves para nada, joder. No hay filetes —iba diciendo Peter sin mirarla mientras se dirigía a su habitación.

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