LA TARJETA EN BLANCO

Piotr y sus amigos llegaron al piso de uno de ellos, de Robert, ya de día. No les había sido muy difícil convencerlos para salir de juerga y celebrar su doble graduación como ingeniero de telecomunicaciones y arquitectura.

—Podéis hacer el ruido que queráis, estamos solos en el edificio —dijo Robert mientras abría la puerta.

Subieron al piso, que era un tercero sin ascensor y mientras el anfitrión enchufaba la Playstation, Piotr, que conocía ese piso como si fuese su segunda casa, sacó cerveza del frigorífico y unos cuantos vasos. Mientras lo hacía, reflexionaba. Ahora que se había graduado, ¿qué haría? Volvió al salón y decidió que ya tendría tiempo de pensar en eso cuando se le pasase la resaca. Y para eso primero tendría que acabar la fiesta, cosa que no había sucedido.

—Cerveza para desayunar —gritó mientras les servía y el Tekken ya funcionaba. Sus amigos dieron un grito de aprobación y levantaron sus brazos. Eran ya las siete y cuarto de la mañana, pero eran jóvenes y no tenían prisa.

Mientras esperaba su turno de juego, Piotr pensaba en que le había dicho a su querida Adela que esa tarde podrían ir al cine y en como ella, sabia e inteligentemente, le había contestado que podían ir otro día, que seguro que esa tarde iba a estar durmiendo la mona. Su dulce Adela. Aunque era pronto todavía, ya sabía en su interior que se casaría con ella. Y que tendrían varios hijos. Si tenían una hija la llamaría Anka, como su abuela.

Sobre las nueve, tras un par de partidas, decidió que ya estaba bien y que se iba a casa.

 —Pero, ¿dónde vas? Acuéstate en el sofá, si vas haciendo eses —le dijo Robert.

—Me voy, así me da el aire.

Tras varios abrazos y nuevos brindis de sus amigos (menos mal que no había nadie en el edificio, porque el escándalo que montaron fue considerable), Piotr salió por la puerta rumbo a su casa. En realidad, era la casa de sus padres, aunque pronto se mudaría. Ahora que había terminado de estudiar, ya era el momento de empezar a ganar dinero, aunque todavía no sabía cómo.

Cuando ya estaba a un par de calles de su destino, un hombre que venía en dirección contraria, le paró. No había mucha gente por la calle por esa zona de su Varsovia natal un domingo por la mañana, pero en su estado de embriaguez, no se fijó demasiado y casi se tropieza con él.

—Piotr, ¿verdad?

Este se quedó sorprendido de que le llamase por su nombre y no acertó a decir nada. El hombre misterioso le metió una tarjeta en su bolsillo y se limitó a decirle:

—Estaríamos encantados de contar contigo en nuestra organización. Si quieres hacerte rico, llámanos.

Acto seguido, el hombre le dio a Piotr un par de palmadas en la cara y siguió su camino, dejando al joven recién graduado sin saber muy bien que había pasado. Qué manera tan rara de acabar el día de juerga.

Tras dormir unas cuantas horas, Piotr se levantó confundido, además de con la madre de todas las resacas. Cuando se puso a recoger su ropa del día anterior, vio como en sus pantalones tenía una tarjeta. Definitivamente, lo del hombre misterioso no lo había soñado. La tarjeta era una tarjeta en blanco, simplemente con un número de teléfono de prefijo desconocido escrito a ordenador, sin ningún nombre ni logo ni nada. ¿Llamaría?

Miró la tarjeta pensando si romperla o guardarla y finalmente la guardó en el cajón de su mesilla.

Imagen descriptiva del microrrelato inquietante, la tarjeta en blanco. Tarjeta con número misterioso en un cajón junto a un ordenador portátil
«Si quieres hacerte rico, llámanos»

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