Plutón, la sonrisa final
Cuando la comandante ofreció las misiones disponibles para la semana, Rony no lo dudó.
—Yo iré a Plutón, comandante Sanders.
Si bien es cierto que apenas tardó un segundo en contestar, impidiendo que nadie lo hiciese antes que él, por las caras del resto nadie le hubiese quitado el puesto.
—Muy bien, así me gusta soldado, esa es la actitud —le respondió la comandante Sanders aceptando.
Cuatro horas después, Rony se encontraba en su pequeño cohete del tamaño de un autobús escolar, listo para despegar desde la base de Marte dónde había finalizado su periodo de entrenamiento y dónde, por fin, se había convertido en soldado espacial del ejército marciano. Cómo se solía decir, estaba como un niño con zapatos nuevos. Tras un apacible viaje de 4 días, la mayoría de ellos con el piloto automático de la nave en funcionamiento, llegó a su destino, la estación espacial Pluto, que orbitaba a cien kilómetros de altura por encima de la atmósfera plutoniana.
A Rony le tocaba relevar a otro soldado, que ya llevaba varios meses allí y le tocaban vacaciones un par de semanas.
—Hola, ¿eres mi relevo?
—Sí, soy Rony, encantado.
—Soy Marcos, me largo de aquí. El sargento te pondrá al día.
El soldado relevado no parecía tener muchas ganas de permanecer ahí y salió de allí a toda velocidad, sin mirar atrás. ¿Sería tan terrible ese destino? ¿Habría mostrado Rony demasiado entusiasmo por ir? Era cierto que le llamaba la atención Plutón y que quería aprender sobre el terreno más cosas sobre la guerra que se venía llevando a cabo en el planeta desde hacía décadas. Pero tampoco quería que su primer destino fuese el infierno.
Al principio, todo parecía que iba a ir bien. Los demás parecían simpáticos y parecía que querían integrarle pronto. Tal vez demasiado pronto, en opinión de Rony, que no esperaba que le preguntasen sin conocerlo que cuantas veces había tenido sexo con marcianas. Y tampoco esperaba a todo el mundo sonriéndole todo el tiempo, de manera poco natural.
Esa misma noche bajaron al planeta, a la zona neutral, dónde gente de todo tipo acudía para olvidar los horrores de la batalla y divertirse un rato. A Rony le pareció bien, aunque le resultase raro que casi todo el personal estuviera autorizado para abandonar la estación espacial a irse de juerga. Él no quería meterse en líos, solo tomarse una cerveza y socializar con la gente, pero los otros soldados, el sargento, comenzaron a insistirle…
—Soldado, aunque este planeta esté en guerra, nosotros estamos para divertirnos. Es una orden —el sargento, visiblemente borracho, le dio una palmada a Rony en el hombro e hizo una señal a dos soldados.
Cuando prácticamente encerraron a Rony en una habitación con tres prostitutas plutonianas insistiéndole en que tenía que “probarlas”, ya supo que algo no iba bien. Al principio, se negó. Pero la pistola de su sargento apuntándole a la cabeza hizo que recapacitase.
Todo eso quedaba ya muy lejos. Rony ya no pudo encajar con la gente, no quiso participar en sus “juegos” y los siguientes días fueron una pesadilla. Pero ni siquiera pensaba en ello ahora mismo. Ya no tenía importancia. Quizás no debió enfrentarse a su sargento nunca. Quizás solo hubiera tenido que aguantar un poco más y dejar que pasase el tiempo. Quizás no, seguro. Mientras comenzaba a perder la consciencia y veía como el sargento y sus compañeros observaban impasibles desde Pluto como su cuerpo se alejaba en el espacio exterior, pensó en Marcos y en su huida sin vacilaciones. Quizás el relevo le había salvado la vida. Rony sonrió.

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