La segunda llamada
Larry acariciaba a su gato, que ronroneaba con gusto encima de sus piernas. Mientras cambiaba de canal con el mando a distancia, escuchó como se abría la puerta de su casa.
Era Anna, su esposa. Apenas lo miró a la cara y se metió a su habitación. Pocos minutos después salió, fue al cuarto de baño y volvió a irse a la calle. Justo antes de que se fuera, a Larry le dio tiempo a observar cómo se había cambiado de ropa. Seguramente, ese novio suyo que tenía la estaba esperando abajo.
Mientras le daba un trago a su vaso de vodka, con un viejo programa de La Ruleta de la Fortuna de fondo, se preguntó por qué no había subido el novio de Anna a la casa con ella.
—Podía haber subido, ¿no crees, Sandy? Así podía haberle preguntado si a ella le sigue gustando ponerse a cuatro patas.
Larry se rio a carcajadas de su propia afirmación mientras Sandy seguía ronroneando entre sus piernas. Se terminó su vaso de vodka y a continuación apartó al gato para levantarse al cuarto de baño. Se apoyó en la pared para no caerse y al ver su sofá, cayó en la cuenta de que ahí seguía la mancha de tomate, semanas después. Tendría que limpiarla en algún momento.
Mientras salía del salón tambaleándose, se acordó de que el lavavajillas seguía roto y que tenía pendiente llamar al técnico para arreglarlo. De mañana no pasaba.
Llegó al retrete y decidió que sentarse a orinar era más seguro que hacerlo de pie en esos momentos. Miró a su alrededor y vio el espejo, roto de un puñetazo por él hacía una semana. Ahí seguía, al igual que su mano vendada. Ya miraría en Internet uno nuevo.
Volvió a su asiento y se sirvió otro vaso de vodka. Tenía tantas cosas de las que encargarse en la casa… Total para qué, a nadie le importaba. Era un fraude de persona, nadie lo echaría en falta si no estuviese. Probablemente, Sandy acabaría devorándolo si aparecía muerto en su casa. O Anna lo encontraría en una de sus visitas a cambiarse de ropa, si es que no se había mudado ya para entonces, y le escupiría a su cadáver antes de llamar a la policía.
Mientras pensaba en que el mundo sería un lugar mejor o, como mínimo no sería un lugar peor, si él no estuviera, Larry se durmió en el sofá sucio, con la televisión encendida. Varias horas después, su teléfono comenzó a sonar. Aunque se despertó, decidió no cogerlo. Pero quién fuese, volvió a llamar y ya a la segunda vez, Larry descolgó:
—¿Diga? —preguntó con voz de ultratumba.
Mientras escuchaba a su interlocutor, se incorporó rápidamente del sofá.
—Sí, claro, estaré ahí enseguida.
Mientras se daba una ducha de agua fría, parecía que el alcohol desaparecía de sus venas a la vez que resonaban en su cabeza las palabras que le había dicho la persona del otro lado de la línea, que habían hecho sentirle vivo de nuevo: “Doctor, tenemos un corazón disponible para trasplante. Necesitamos que venga enseguida, le necesitamos a usted o el paciente morirá.”

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