MILLONARIO DE VERDAD
Pierre bajó del hidroavión que lo acababa de dejar en su destino y puso un pie en el embarcadero al cual se había amarrado el fuselaje.
—Bienvenido Monsieur Pierre, déjeme que le ayude con las maletas. Llámeme Andrew.
Quién lo saludaba en un más que decente inglés era un nativo de la isla a la que acababa de llegar. Pierre se apostaría cualquier cosa a que su nombre real desde luego que no era Andrew, pero no tenía ninguna intención de contradecirle.
Saludó a Andrew, quién le cogió las maletas y a continuación se giró al hidroavión para darle la mano y ayudar a bajar del mismo a Corina. Ella miraba estupefacta el paisaje que tenían ante sus ojos. Jamás en su vida se hubiese imaginado estar ahí. Para ser exactos, jamás en la vida hasta la semana pasada.
—Cariño, echa un vistazo a nuestro nuevo hogar.
Abandonaron el embarcadero y se montaron en el jeep que Andrew tenía aparcado. Tras un trayecto de apenas tres minutos, llegaron a un impresionante chalet. El jeep atravesó la puerta de la parcela y Andrew condujo un minuto más hacia la pequeña explanada de la puerta principal, atravesando un jardín de palmeras y una piscina. Ahí se detuvo y los nuevos dueños de la propiedad y de toda la isla, se bajaron del vehículo.
—Voy a llamar a los chicos, Pierre, esto es una maravilla. Es mejor que en las fotos y en los videos—exclamó emocionada Corina. Pierre le sonrió y asintió.
—Claro cielo, yo voy con Andrew un momento y enseguida estoy contigo. Te quiero.
Andrew le llevó a una caseta fuera de la propiedad principal, que al parecer le hacía las veces de despacho. Se sentó delante de un pequeño escritorio. Estuvieron hablando unos minutos y dejaron todo arreglado como Pierre quería.
—Así lo haremos, descuide señor.
Se dieron la mano y luego Pierre volvió con Corina. Tras recorrer la propiedad, presentarse ante el personal de servicio y comer un espectacular almuerzo de bienvenida, la pareja agraciada como únicos acertantes del sorteo de Euromillones de la semana anterior, se fue a dormir la siesta a su espectacular habitación con vistas al océano. Cuando se despertaron, incluso tuvieron sexo como hacía años que no habían tenido.
—Pierre.
—Dime Corina.
—¿De verdad que echaste ese Euromillones al azar?
—¿Cuántas veces más me lo vas a preguntar? Como te lo estoy contando —contestó Pierre riéndose.
—¿Y de verdad que podemos vivir en esta isla para siempre?
—Hasta que nos hartemos. Como si queremos irnos mañana.
Pierre se levantó y se asomó a la terraza mientras pensaba en sus antiguos compañeros de trabajo. Seguro que, a estas horas, todavía quedaba alguien en la oficina, solucionando el problema urgente y super importante del día. Mañana probablemente habría otro aún más urgente y así hasta el infinito.
Que poco le costó ir al día siguiente de enterarse que era multimillonario al despacho de la jefa y decirle que no pensaba volver más, después de veinte años. Que poco le costó poner en alquiler su apartamento diminuto de París y comenzar a buscar islas para comprar desde la suite del hotel Ritz mientras bebían una botella tras otra de Champagne del caro. Y que poco le costó pagar por volar en avión privado hasta el Caribe y evitarse pasajeros ruidosos y molestos en el viaje a su nuevo hogar.
Miró a Corina y con su mirada corroboró lo que ya sabía en su fuero interior; que el dinero estaba bien pero todo eso solo había merecido la pena porque ella estaba ahí con él en ese momento.
—Corina, ¿les decimos que nos enseñen en resto de la isla antes de que anochezca?
Mientras estaban fuera, Andrew puso debajo de la almohada de Corina el anillo de diamantes que Pierre le había dado, tal y como habían acordado. Seguro esta noche al verlo, Corina diría que sí. Y entonces sería millonario de verdad.

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