Microrrelato de ciencia ficción: «El proceso de selección»

EL PROCESO DE SELECCIÓN

La sonrisa de Latoya no se distinguía bien a través de su escafandra salvo que estuvieras muy cerca, pero ahí estaba. Toda la vida preparándose para ese momento y por fin había llegado.

—Es una pasada, ¿verdad?

Su compañero Antonio la rodeó con su brazo y ella inclinó su cabeza hacia su hombro. Ahí estaban, con La Tierra y La Luna al fondo, contemplando el paisaje marciano. Era como un desierto rocoso terrestre, aunque había varios lagos pero sin ninguna planta o ser vivo alrededor. Su pequeña nave quedaba a su izquierda, bajo la sombra de una montaña.

—Ordenador, pon algo de música chula, el momento lo merece.

Al momento, dentro de sus cascos a modo de hilo musical, comenzó a sonar Eye of the Tiger. No era para menos, se sentían más o menos como Rocky, esa famosa saga de películas de hacía siglos. Los clásicos nunca pasaban de moda.

—Volvamos. Nos esperan en el control.

Se dieron la vuelta y el paisaje que miraban pasó a ser diferente. Había un edificio de un par de pisos de altura, en forma de cúpula, con un cartel en la puerta que ponía “Bienvenidos a Ellis Island”.

Entraron y se dirigieron al mostrador. No tuvieron que hacer cola y un amable robot les atendió.

—Buenos días, ¿en qué puedo ayudarles?

—Venimos al laboratorio S4.

El robot les escaneó las retinas y un sonido de los que se identificaría como de aprobación sonó en el ordenador integrado del androide.

—Perfecto, vayan todo recto y al fondo cojan el ascensor hasta el piso -17. Allí les indicarán. Su nave la guardaremos nosotros. Que disfruten de su estancia en Marte.

Antonio y Latoya sonrieron y se dirigieron hacia el ascensor, siguiendo las instrucciones recibidas.

—¿Nos dejarán empezar a trabajar mañana? —preguntó Antonio.

—No te hagas ilusiones por si acaso.

Al salir del ascensor en la planta subterránea número 17, llegaron a un cristal grande con una puerta y un letrero indicando “S4”. Cómo tenían el acceso, atravesaron lo que en realidad era un holograma y no la puerta. Antonio dudó. Sabía que si el robot de la entrada no les hubiera dado acceso o se lo hubiera quitado mientras ellos estaban en el ascensor, al entrar en contacto con la puerta holograma, este les hubiera frito literalmente.

—¿Y por qué iba a hacer eso? ¿Porque le hemos caído mal o algo así? Venga Antonio, si nos han contratado hombre, vamos. —Latoya le empujó suavemente.

Una vez atravesada la “puerta”, ante sus ojos se encontraron el laboratorio más espectacular que habían visto en su vida. Desde luego mucho más que cualquier laboratorio terrestre. Un lagarto con bata se dirigió hacia ellos.

—Vosotros sois los humanos que venían hoy, ¿verdad? Ya pensábamos que ningún humano iba a pasar el proceso de selección, y eso que se inscribieron muchos en la oferta. Bienvenidos al laboratorio reptiliano S4. Vuestras cuerdas vocales son incapaces de pronunciar mi nombre bien, así que llamadme Pepe. Entiendo que lo habréis pasado mal en la Tierra, tal y como está ahora, pero eso se ha acabado. Aquí, trabajando como es debido, tendréis la vida y la dignidad que todo ser humano o ser vivo merece. Mañana por la mañana, a las 7 aquí. Iros a las habitaciones a descansar hasta entonces.

Latoya y Antonio asintieron y se dirigieron a la salida que conducía a las estancias de los trabajadores del laboratorio. Mientras caminaban, ambos pensaban en como habían tenido que cambiar de planeta, pero parecía que lo habían conseguido. Habían dejado atrás el horror de la guerra, el hambre y la destrucción en su amada Tierra y por fin podían tratar de vivir y no de sobrevivir. Antonio miró de reojo a su compañera. Ambos sabían que la memoria de lo que tuvieron que hacerle al resto de candidatos en el proceso de selección quedaría sepultada bajo el peso de su ilusionante futuro. La ley del más fuerte siempre se cumplía.

microrrelato de ciencia ficción con reptil humanoide y astronautas en una estación espacial
«Bienvenidos a Ellis Island«

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